La muerte en los cuentos, la muerte en la vida
Por qué buscamos historias que nos asustan y qué lugar damos a la muerte
Hay historias que nos inquietan y, aun así, queremos seguir escuchando. ¿Qué va a ocurrir? ¿Cómo saldrá el protagonista de esa situación? A veces, aquello que nos asusta es también lo que nos mantiene pendientes del relato.
Esa mezcla de inquietud y curiosidad encierra un placer extraño. Queremos conocer aquello que, fuera del relato, preferiríamos no encontrarnos.
El cuento nos permite acercarnos a lo que tememos sin tener que enfrentarnos a ello. Nos inquieta lo que sucede, pero sabemos que el peligro está dentro de la historia y que podemos pedir que se detenga. Esa distancia nos da margen para sentir miedo y disfrutar al mismo tiempo.
Cada persona tiene su medida. A algunas les basta una presencia insinuada; otras disfrutan del sobresalto. También hay quien no encuentra ningún placer en pasar miedo. Pero, cuando entramos voluntariamente en ese juego, podemos permitirnos algo que en la vida resulta mucho más difícil: permanecer cerca de lo que nos asusta.

Vestirnos de aquello que tememos
En estas fechas, las historias inquietantes conviven con esqueletos que caminan por la calle, heridas pintadas y tumbas de cartón. Vestimos a los niños —y nos vestimos— con imágenes que, en otro contexto, podrían parecernos terribles.
El disfraz permite jugar con ellas. Un esqueleto puede bailar, pedir caramelos y volver a casa para quitarse el traje. Su presencia pertenece a una fiesta que hemos elegido y que tiene una hora de terminar.
Sin embargo, esa familiaridad con la imagen de la muerte no siempre se corresponde con la facilidad para hablar de ella. Podemos pintar una calavera en una cara y quedarnos sin palabras cuando alguien pregunta qué significa morir.
No tiene por qué haber nada malo en el juego. Pero el contraste merece una pausa. ¿Qué lugar tiene la muerte en nuestras conversaciones cuando recogemos los disfraces? ¿Podemos nombrarla con la misma naturalidad con la que utilizamos sus imágenes?
La muerte imaginada puede resultar más manejable que una ausencia concreta. El esqueleto se guarda en un armario. La persona a la que echamos de menos sigue faltando al día siguiente.
Las palabras y los gestos del recuerdo
En estas fechas, otras costumbres nos acercan a quienes han muerto. En torno a Todos los Santos, hay familias que visitan el cementerio, llevan flores o se reúnen alrededor de unos buñuelos. En una conversación aparece el nombre de quien los preparaba, una anécdota repetida muchas veces o un recuerdo que alguien escucha por primera vez.
Son gestos que pueden dar un lugar a la ausencia dentro de la vida cotidiana. Entre la comida, el paseo y la conversación, quienes faltan siguen formando parte de la historia que contamos.
No todas las personas encuentran sentido en los mismos rituales. Ir al cementerio puede ser importante para alguien y no serlo para otra persona. También podemos conservar una costumbre y haber dejado de hablar de lo que significa. Lo valioso está en la posibilidad de recordar, preguntar y compartir, de encontrar una forma propia de mantener ese vínculo.
¿Y qué lugar tienen los niños en todo ello?
A veces intentamos protegerlos evitando la conversación. Cambiamos de tema, respondemos deprisa o buscamos una expresión que nos parezca menos dura. Puede que detrás de ese silencio esté nuestra propia dificultad: no sabemos cómo explicarlo, tememos entristecerlos o sentimos que deberíamos tener respuestas que tampoco tenemos.
Podemos empezar por escuchar qué quieren saber, buscar palabras honestas y reconocer que también hay cosas que nosotros no sabemos.
Hablar de la muerte puede incluir tristeza, pero también cariño, gratitud y recuerdos divertidos. Al contar cómo era alguien, qué decía o qué le gustaba hacer, hablamos de su vida. Y dejamos que esa persona tenga un lugar en la nuestra.

La muerte que querríamos mantener lejos
Todo esto no elimina el rechazo. Podemos comprender que la muerte forma parte de la vida y desear, con todas nuestras fuerzas, que no se lleve a alguien a quien queremos.
Reconocerla no significa recibirla sin dolor ni dejar de querer más tiempo. Otro verano, otra sobremesa, otra llamada. Hay una distancia enorme entre saber que todos morimos y aceptar que una persona concreta va a faltar o ya falta.
Los cuentos pueden dar forma a ese deseo de detener lo inevitable. Dentro de ellos, la muerte tiene cuerpo, llama a una puerta y admite una conversación. Podemos imaginar que alguien la engaña, la entretiene o consigue hacerla esperar. El relato nos deja permanecer un momento ante una posibilidad imposible.
Quizá parte de su valor esté ahí: nos permiten mirar un deseo que reconocemos, aunque no podamos cumplirlo. No necesitan resolverlo ni entregarnos una moraleja. A veces basta con que lo hagan visible.
Fuera del cuento no tenemos ese poder. Tenemos, en cambio, la posibilidad de acompañarnos, de escuchar sin apresurarnos a quitar importancia al dolor y de pronunciar el nombre de quien falta. Podemos hacer sitio a la muerte sin convertirla únicamente en una imagen terrorífica ni exigirnos dejar de temerla.
Tal vez estas fechas ofrezcan una ocasión para ello. Entre historias, disfraces, flores y dulces, podemos preguntarnos qué estamos contando sobre la muerte y qué dejamos todavía en silencio.
Y quizá la pregunta permanezca un poco más allá. Porque a veces también tiene que morir algo de quienes fuimos: una certeza, una manera de vivir, una versión de nosotros que ya no nos representa. Saber que algo ha terminado no hace más fácil dejarlo ir.